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Victimismo que une

Artículo publicado en el mes de Enero en la revista Observatorio rh (www.observatoriorh.com).                                                                                               Bonita palabra, ”une”, para dotar de acción a otra palabra, “victimismo”, que empobrece la vida profesional y personal de tantas y tantas personas en nuestros días.

Que “la unión hace la fuerza”, es algo que en mayor o menor medida todos tenemos bastante interiorizado por unas u otras razones. No es menos cierto que en el ámbito del “management”, cuando se habla de alcanzar la excelencia empresarial, nos bombardean con la necesidad de conseguir que las personas de nuestras organizaciones sean capaces de trabajar eficazmente en equipo, para así incrementar las posibilidades de alcanzar los ambiciosos objetivos que nos proponemos o nos proponen. En definitiva, parece ser que debemos conseguir que las personas que forman parte de nuestro sistema, se integren, compartan, aporten, se sacrifiquen y pongan su talento no sólo a su propio servicio sino al del equipo y la organización a la que sirven. 

Hace tiempo que una reflexión me invitó a prestarle durante un rato mi atención y decía lo siguiente: ¿Qué hace que compañías, que no se preocupan lo más mínimo del bienestar y del desarrollo del talento individual y colectivo de sus empleados, consigan que entre ellos en muchos casos reine una interesante actitud de camaradería, compañerismo y apoyo tanto en lo operativo como en lo emocional? ¿Dónde está el “truco de magia” que hace que en organizaciones, donde impera la gestión a través del miedo o del desprecio a las necesidades emocionales y de desarrollo de sus empleados, se establezcan excelentes relaciones, tal vez no entre todos, pero si entre buena parte de aquellos que sufren este liderazgo altamente tóxico?

Porque resulta que allí donde la empresa  no hace más que transmitirle a su empleado, “tus necesidades no son importantes”, ”tú estás aquí para darme todo lo que yo te exija que para eso te pago”, “si no estás contento, ya sabes donde tienes la puerta”, y demás lindezas que se me vienen a la cabeza, resulta que para mi asombro, en algunos casos son organizaciones con buenos resultados económicos e incluso notoriedad en el ámbito empresarial.

Y la respuesta, la hallé en la primera palabra que da vida a éste artículo, “el victimismo”. Cuando busco en el diccionario de la RAE, la palabra víctima, una de las acepciones que aparece es la siguiente: “persona que padece daño por causa ajena o por causa fortuita”. Entre las acepciones además aparece la definición correspondiente a hacerse la víctima:”quejarse excesivamente buscando la compasión de los demás”. EUREKA!!! Tal vez ésta sea la razón que andaba buscando.

En primer lugar, estas “toxicorganizaciones” se encargan sibilinamente, de robar toda la autoestima que pueden a los profesionales que caen en sus redes. A través de la “gestión por colisión” derrumban los pilares que sostienen la autoestima y la confianza de sus profesionales. Al mismo tiempo que les hacen sentir que valen muy poco y que su opinión o su contribución a la organización es ciertamente irrelevante, salvo para hacer lo que “yo”, tu jefe tóxico, te ordeno que hagas sin rechistar, si el profesional hace de tripas corazón y va alcanzando los resultados exigidos, le priman económicamente en el camino estratégicamente trazado hacia su particular “jaula de oro”. Como todo ser humano necesita en lo más profundo de sí, sentirse valioso, apreciado o reconocido por los demás, cuando de forma excepcional “le cae” algún pequeño reconocimiento, su maltrecha autoestima lo agarra con tanta fuerza que algo que debería ser “normal” se engrandece como una pequeña gota de agua que cae en la boca de un sediento caminante que atraviesa un infernal desierto.

Ya, y ¿es eso suficiente para poder sobrevivir a tan agónica travesía? Pues desde mi observación no, ya que todo ser humano necesita sentirse emocionalmente apoyado y más en las situaciones que como ésta, amenazan su supervivencia, que si no tanto física, desde luego que sí a nivel mental y emocional. Y entonces ¿dónde encontrar ese imprescindible apoyo para no desfallecer ante la amenaza en ciernes? Pues sin duda, en aquellos que mejor pueden comprenderle, que mejor pueden ponerse en su pellejo y empatizar con él o ella: sus compañeros que sufren y padecen la misma realidad terrible golpeándolos una, otra y otra vez. De este modo, en sus compañeros, puede encontrar ese hombro en el que apoyarse, esa palabra de aliento, ese “te comprendo perfectamente, a mí también me pasó, está claro que sólo les importa el dinero, o cumplir sus objetivos, sólo se preocupan de sí mismos, ni te preocupes que no te lo van a agradecer”. Porque ¿quién no necesita sentirse comprendido? ¿Y quién no ha experimentado el alivio que produce sentirse así? En el caso de las “tóxicorganizaciones”  las personas que las sufren se unen entre sí para poder sostenerse unas a otras emocionalmente. De forma colateral esas organizaciones se benefician de dicha unión que a corto o incluso medio plazo puede ofrecerles resultados económicos positivos.

¿Pero qué hay de la supervivencia de esas organizaciones a largo plazo? Lo que tal vez no se han dado cuenta es del precio que están pagando por esos resultados. Ese precio es el resentimiento de todos y cada uno de los profesionales que sufren en ellas. Ese precio es convertirse en el enemigo común alrededor del que las víctimas se unen. Ese “secuestrador vital” al que ha de hacerse caso mientras esté al mando de la situación, pero del que escapar en cuanto se presente la más mínima ocasión. Alguien a quien no dar más que lo mínimo exigible para poder mantenerse con vida, y tal vez en algunos casos al que odiar y del que vengarse. Esas organizaciones se convierten en monstruosos generadores de estrés para sus empleados, cuyo impacto negativo a largo plazo, afecta a la reducción de los niveles de compromiso, creatividad, perseverancia, seguridad o valor, así como al incremento de los índices de absentismo por estrés, con ello de enfermedad e incluso de depresión, dilapidando una de sus mayores recursos competitivos, “el talento de sus personas”. Y por si esto no fuera suficiente, tirando lentamente a la basura la imagen de marca de la compañía, que con cada empleado que la abandona y cuenta su experiencia, pierde valor y atractivo tanto  para sus  clientes como para cualquier talentoso profesional al que desde la distancia le hubiera podido parecer un organización interesante en la que trabajar. ¿Demasiado precio? Quién sabe, pero como mínimo, merece un espacio de reflexión.

Leandro Fernández Macho

3 comentarios
  1. Querido compañero/amigo:

    me ha entusiasmado recibir tu cariñoso comentario. Yo también recuerdo con mucha gratitud todas esas horas compartidas de acá para allá, con más de una “tormenta emocional” sobre nuestras cabecitas… Vaya lujo ha sido, encontrar gente como tú con la que compartir…La verdad es que tantas “tormentas” juntos crean vínculos poderosos…
    Deseo que estés muy, muy bien y que la vida te sonría.
    Un fuerte abrazo y hasta pronto.

  2. cuantos nos podemos sentir identificados con este articulo…………….Dese que sigas teniendo tu mente asi de despejada para seguir esccribiendo estas cosas que tanto bien me hace leer que nos ayudan a reflexionar…………..
    Un abrazo

    • Gracias Matilde…es sin duda la oportunidad de recibir vuestras experiencias, la que me invita a escribir y me inspira… GRACIAS y hasta pronto.

Responder a Matilde Fernandez